Porn Film Festival Berlin. Mi cumshot

Por ubicar. En este festival, lo de porno es discutible. Primero, porque está dedicado a los otros pornos: a los que ya existen y a los que todavía no, pero se están inventando. Es decir, a los pornos de la periferia. Segundo, porque no todo es sexo explícito; también hay video-ensayos, documentales, talleres, conferencias y presentaciones de libros. Y tercero porque todo lo que se muestra contiene una reflexión crítica sobre la pornografía.

Es un debate abierto si lo que está en la periferia del porno mainstream sigue siendo porno o es otra cosa, si se puede reflexionar críticamente sobre el porno y hacer porno al mismo tiempo, si el porno son sólo imágenes en movimiento que sirven para masturbarse o puede ser algo más. En definitiva: si este es un festival porno o un festival sobre pornografía. Personalmente, me da igual. Los festivales de porno mainstream en realidad son ferias comerciales y además son una caspa. Y este es amable, indie, íntimo, artístico, queer, familiar y sin ánimo de lucro. En esta sexta edición, la sede es el cine Movimento, en Kreuzberg, con tres salas y un bar donde además de cerveza también sirven sopas y pasteles.


Travis Mathews

Entonces, como dicen en el mainstream: al grano.

Me perdí mi hit - el documental “Mutantes” de Virginie Despentes - porque la víspera ya estaba sold-out. Aún me estoy latigando. Me encantó el corto “Headshot” de Jennifer Lyon Bell (inspirado en el homónimo de Warhol, que no estaba en programa pero nos lo mostró ella en su workshop de porno feminista DIY), la filmación de una performance en la que un chico tipo guy-next-door se presta a que una desconocida le haga una felación. A ella no se la ve en ningún momento pero es como si estuvieras ahí. En el taller de Lyon Bell ví también otro de mis clips favoritos del festival: una escena MUY explícita del documental “Trans Entities”, que narra la historia de Papi y Wil, dos bombas sexuales trans, queer, lesbianas, y calientes y enamoradas hasta las cejas. Memorables.

También me gustaron mucho el ensayístico “Gang Bang Barbie” (que se llevó el galardón al mejor cortometraje), en el que una banda de muñecas borrachas abusan de un pobre chaval; “Spring” sobre un joven que quiere meterse a sumiso pero se mosquea con su amo; “Kaktus”, una comedia romántica sobre una chica que contrata a un gigoló para que la viole; “Poupée réfractaire”, una animación sobre la revolución sexual (de la calle a la cama y viceversa); los documentales “Cum Different” sobre la eclosión del porno feminista, y “Chained!” sobre el fetiche de las cadenas de cartera; y el largometraje “Blind Love” sobre una chica ciega que se enamora de la voz de un ventrilocuo y del cuerpo del ayudante del ventrilocuo, que además de follarse a la chica también se folla a la mujer del ventrilocuo: el típico enredo de Pajares y Esteso pero en japonés y con gente follando de verdad, o muy parecido.

"Stuffed”, que en un certamen de cortos de El Jueves me hubiese divertido, aquí me cabreó. Coge una peli porno normal, cambia a la chica por un zorro disecado con una vagina de goma y sigue el guión de siempre, facial incluido. Muchas risas pero por favor: en el sexo, como en el humor, el contexto cuenta. “Egg” también despertó mucho entusiasmo pero yo sigo teniendo problemas con las acrobacias vaginales. Son necesarias para cuestionar la representación de los genitales femeninos en el mainstream y tal... pero a mí tanta biología me corta el rollo.

Tampoco son mi rollo pero me gustaron “Auto-fuck” de Manon Des Gryeux, una ensoñación sado-maso de un hombre que se encula con un molde de su propia polla, y “Chatroulette” de Maria Llopis que es a la vez ultra-explícita (creo que no hace falta explicar de qué va) y totalmente teórica. No son mi rollo y no me gustaron “Latex Dreams”, las dos de Julie Simone, el corto de Erika Lust, “Titnaku. Clean Yourself Up” y “The Though of Her”, todas por la misma razón: demasiada pose. Podía haber sido mi rollo pero no me moló nada “The Orgasm Diaries”, una balada indie ultra-romántica, visualmente perfecta y llena de clichés; lo mejor, la banda sonora.

Y mi Premio al Mayor Gatillazo es para la presentación del libro de Bruce LaBruce, que no fue en Movimento sino en un hotel gay de alto standing en el oeste de Berlin. Un artista tan hardcore-punk en una ciudad tan hardcore-punk y no se les ocurre nada mejor que teletransportarlo a Ibiza. Un asco.

Libros de segunda mano, esos pobres marginados

Hay quien piensa que entre el blog y las redes sociales cacareo todo lo que se me pasa por la cabeza. Error: me corto muchísimo. Por ejemplo, llevo meses mordiendome los dedos con todo lo que se publica sobre, vamos a llamarlo por honor a los mass media, el futuro del libro. Desde hace meses asistimos a una verdadera diarrea informativa de los medios de comunicación generalistas que, cual Casandra contemporánea, tratan de anticipar el efecto de lo digital sobre la buena vieja costumbre de comprar ese inigualable dispositivo de transmisión cultural conocido como libro. Y digo comprar porque -y este es sólo uno de los muchos temas que me encienden- , aunque en los artículos al respecto siempre se ventilan argumentos románticos sobre el valor de la lectura y la difusión de conocimiento y blablabla, lo que ocupa realmente los debates hasta el punto de monopolizarlos, no es el futuro del libro (el futuro de la lectura) sino el futuro del mercado editorial.


Libros viejos esperando nuevas lecturas en Cluj-Napoca, Rumanía.

Prueba de ello -y espero estar equivocada: por favor enviadme links si es que los hay- es que en los muchos artículos publicados estas últimas semanas sobre la entrada de Amazon en España en ningún momento se explica cómo va afectar esto al mercado de libros de segunda mano, que para mí personalmente siempre han sido su mayor activo. Pues sí: el mercado de libros de segunda mano, que parece no interesar absolutamente a nadie, desde mi punto de vista es un tema crucial (será que soy muy de nicho, pero si he entendido bien los mercados de nicho son precisamente uno de los aspectos más destacados en los estudios sobre el impacto de las tecnologías digitales en el mercado del ocio). Mi razonamiento, que igual es muy simplista, parte de una constatación que también es muy simple pero yo creo que merece un pensament: la gente que lee no son solo compradores de libros en librerías; también compran libros en mercados callejeros y tiendas de viejo, hacen uso de bibliotecas públicas (esas pesadillas de la sociedad de consumo, repletas de libros, revistas, comics y hasta DVDs que atención: no están en venta) e incluso se los prestan unos a otros, ya que el objeto-libro posee, entre otras cualidades, la de ser extraordinariamente resistente a la obsolescencia, que tal y como están las cosas (y podemos hablar en términos económicos o de sostenibilidad medioambiental) es una ventaja nada despreciable.

Un ejemplo de este tipo de contradicción (o de maniqueísmo) se aprecia en el uso alegre que hacen los editores de suplementos literarios de esas viejas fotografías de Julio Cortazar ojeando libros en los muelles del Sena: es el Paradigma del Escritor, y por extensión, del Lector Amante De La Buena Literatura. Pues tuvo suerte Cortazar de no haber vivido en la España de la primera década del siglo XXI porque no hubiese podido leer ni la mitad de lo que leyó en Paris, donde no solamente están los famosos puestitos del Sena, sino que la propia Gilbert Jeune, una de las mayores librerías de Francia, tiene en la mismísima plaza de Saint Michel -otro icono literario- una planta entera dedicada a literatura y ensayística de ocasión, en la que los libros no están amontonados y llenos de polvo como si fueran camisetas del H&M, sino ordenados en estanterías, en buen estado, clasificados alfabéticamente y disponibles a un precio asequible para jóvenes, estudiantes y mileuristas en general: unos 3,00 € el formato de bolsillo, por 30,00 € te llevas diez. A esto le llamo yo difusión cultural y fomento de la lectura.

Sin embargo, los lectores de libros en español estamos completamente desatendidos: las librerías no tienen secciones de libros usados, las distribuidoras online no los venden y los mercados callejeros -con toda su solera y todos sus tesoros- no dejan de ser un mercado residual en permanente peligro de desmantelamiento por causa de normativas municipales (las mismas que promueven ciudades creativas). ¿Cómo es posible, con lo sofisticada que es la oferta de entretenimiento hoy, que yo como lectora esté dispuesta a gastarme el dinero en algo y nadie esté en condiciones de ofrecérmelo? Dicho en lenguaje empresarial: aquí hay un nicho de negocio, y también se lo va a llevar Amazon porque es la única que ofrece un mercado de libros de segunda mano serio y competitivo.

Desconozco qué papel juega el libro usado en el modelo de negocio de Amazon, si realmente hacen pasta con ello o funciona más bien como un factor de fidelización de clientes o de optimización de recursos (ya sabemos que Amazon puede permitirse juegos de economía marginal inaccesibles para otro tipo de distribuidores). Lo desconozco, como desconozco muchas otras cosas sobre el mercado editorial, y me gustaría saberlo para poder formarme una opinión más clara al respecto. Pero en todo caso lo que veo clarísimo es que, si la lectura fomenta la compra de libros y el mercado de libros de segunda mano fomenta la lectura, para fomentar la compra de libros digo yo que habrá que fomentar la lectura en general, y por tanto también la lectura y la compra de libros usados. Salvo que, como decía al principio, la lectura nos la traiga al pairo y lo único que nos interese sea el modelo del negocio editorial -que de todas formas, con Amazon o sin ella, tiene que actualizarse ya.

Feminisimo para dummies 4. El Bechdel Test

Según la leyenda familiar mi primer libro fue “Carolina la marmota”, pero yo no me acuerdo. En mi memoria, el primero fue “Saltad todos” de Ken Whitmore, que llegó a mis manos en la Colección Naranja de Barco de Vapor (debía de tener unos 7 años). Recuerdo despertarme pensando en él y seguir leyendo antes de que se despertaran mis padres, con la casa en silencio. Recuerdo la ansiedad insoportable de las últimas páginas, pensar qué va a ser de mí sin estos personajes y esta historia (todos los juegos del mundo no eran nada en comparación) y la certidumbre de que después de él todo iba a ser diferente. Quizás no fue mi primer libro pero fue el que me convirtió en lectora.

Entonces no sabía que era un clásico de la literatura infantil, uno de esos libros “con valores” que recomiendan los pedagogos a la antigua. Un libro educativo, con una intención que ahora, con mi mente de adulta (mi mente adulterada), entiendo claramente como política. Era una historia de topos. En la narración imaginada por Whitmore, estos animales feos y miopes son, gracias a sus habilidosas construcciones subterráneas, los guardianes de la estabilidad de la tierra. Un día, cuando la actividad descontrolada de los humanos amenza con desequilibrarla para siempre, los topos hacen asamblea. Sólo hay un modo de salvar el planeta: convencer a los humanos para que salten todos a la vez, en un día y a una hora precisos. Unas pocas décimas de segundo que serán suficientes para que la armada de topos, duchos en arquitectura intra-terráquea, reparen a toda velocidad los desperfectos. ¿Pero cómo hacérselo comprender a los humanos, tan descreídos y tan ocupados siempre con sus cosas? Su contacto es un niño, que se convierte así en el protagonista de la historia y en pequeño heroe planetario (y yo con él: mundo aquí estoy). La historia acaba bien y con moraleja: si hoy seguimos aquí, dando vueltas en esta fabulosa estrella muerta, es porque un día fuimos capaces de ponernos de acuerdo.

Ken Whitmore es un dramaturgo inglés conocido sobre todo por sus obras de teatro radiofónico. De hecho, “¡Saltad todos!” fue escrito inicialmente como una pieza teatral con un título mucho mejor que el de Barco de Vapor: “Jump for Your Life: A Dangerous Play for Children”. Ya no publica, “desanimado por las arbitrarias restricciones del sistema actual”, pero mantiene un proyecto de asesoría literaria para escritores noveles. Tiene 64 años y vive en el Languedoc, en el sureste de Francia.

En algún lugar leí que en las obras de ficción infantil las cuestiones de género están escrupulosamente estudiadas (siento no tener la fuente). Al parecer, a partir de los 4 o 5 años es preferible que el protagonista sea un chico porque con él pueden identificarse tanto las niñas como los niños, mientras que si es una chica sólo se identican con ella las niñas y se pierde la mitad del lectorado. En realidad es más sutil y más perverso.


Hace tiempo alguien colgó en el Facebook esta viñeta. Estoy buscando al autor/a para añadir su nombre y el link a su blog (recuerdo que tenía uno).

Puede ocurrir, y es frecuente, que el peso de la acción recaiga en una niña (como en Caperucita o la Sirenita o la Princesita tal) o en una mujer joven (como Cenicienta o Blancanieves) pero, en esos casos, siempre suele haber una figura masculina que representa los valores de la virilidad y con la que la protagonista mantiene una relación de orden heteronormal: una relación que puede ser de carácter violento y masoquista (como el lobo) o de carácter romántico y salvador (como el príncipe, del que se enamora para toda la vida). En ambos casos, figuras de autoridad. El reparto suele completarse con otros personajes femeninos, igualmente estereotipados: la bruja mala, la hermanastra envidiosa o la cándida abuelita. En ningún caso, figuras de autoridad. Por el contrario, cuando el protagonista es de sexo masculino no suele haber una contraparte femenina o si la hay, no tiene demasiada importancia en el desarrollo en la historia (papeles accesorios, de tipo asistencial, tanto desde un punto de vista psicológico como narrativo). No recuerdo cómo eran los amiguitos del protagonista de “¡Saltad todos!” pero seguro que junto a él había una compañera fiel que creyó en la misión desde el primer momento y se desvivió por ella.

Es comprensible querer ser una princesa, pero las princesas son lo que son: la mayoría de las veces, un coñazo de personajes. Esto no es un statement contra la literatura sexista porque sería lo mismo que hacer un statement contra la literatura en general: el patriarcado somos todos, porque es nuestra forma de organización social más elemental, longeva, resistente y arraigada (más que el cristianismo y el capitalismo juntos). Me explico.



Este video es
The Bechdel Test for Women in Movies, publicado por Feminist Frequency e ideado originalmente por la autora de novela gráfica Alison Bechdel (muy recomendable: "Fun Home"). Según el Bechdel Test, para comprobar que las mujeres NO están infra-representadas en una película o en cualquier obra de ficción, esta tiene que responder afirmativamente a las tres preguntas siguientes:

1- ¿Aparecen al menos dos mujeres que tengan nombre?
2- ¿Hablan entre ellas?
3- ¿Hablan de algo que no sea un hombre?

El resultado es devastador. Repito, para los lectores rápidos: el objetivo del test no es cuestionar la calidad artística de las obras (las cumbres literarias y cinematográficas no lo pasan ni de cerca, y eso no les quita nada de su valor), sino poner de manifiesto hasta qué punto están marginados los personajes femeninos en las obras de ficción y por extensión en la historia de la cultura. ¿Hacemos una lista de pelis o novelas que superan el test? Y más difícil todavía: ¿hacemos una lista de pelis o novelas que superan el test y están escritos por un autor que no sea de género masculino? Un, dos, tres, responda otra vez. Valen series.

Mad Men: sobresaliente.

La vida en low-fi

Actualización. Acabada la sesión de secado, la operación final ocurrió aquí. Y funciona. Noble oficio, la electrónica.



Eso es mi ordenador, un MacBook modelo A1342 sobre el que el pasado jueves versé el contenido entero de una taza de café solo, con bastante azúcar. Un gesto que, pasados los días, no puedo dejar de interpretar como un decidido sabotaje a mí misma, orquestrado desde lo más siniestro de mi subconsciente: lo que Freud llamó un acte manqué. De acuerdo con las teorías del psicoanálisis, el acto manqué es la realización de un deseo reprimido. El error provocado por el acto manqué -en este caso, la muerte por inundación- es en realidad un triunfo del deseo sobre la razón, una victoria paradójica que se manifiesta en la contradicción entre, por un lado, el sentimiento de fracaso provocado por el acto y, por otro, la oscura satisfacción pulsional que invade al sujeto como consecuencia de él (despide a tu loquero, está todo en la wikipedia).

La causa del accidente fue una patente falta de atención -me despierto muy despacio-, empeorada por el entorno: una mesa baja de café d'auteur, con uno de esos rebordes retros del mobiliario vintage, causante del fatal efecto piscinita; la parte trasera de la computadora absorbió todo el café que debería haber bebido yo. En previsión de mi inminente acto, compré hace dos semanas un disco duro externo de 1T, monísimo, donde ahora yacen intactos mis archivos, esperando a ser trasplantados a un nuevo organismo. Soy una chica pulsional, pero muy precavida.

No es que quisiera cargarme mi principal herramienta de trabajo pero era una de esas mañanas en las que deseas mandarlo todo a tomar por el culo, y no por un deseo racional, sino absurdo, un deseo estúpido, injustificado, pre-verbal: un deseo de verdad. Y es que hace tiempo que me vengo preguntando si no tendré alguno de esos síntomas de tecnoestrés, o como dice Marta, si internet no le estará haciendo a mi cerebro algo para lo que yo no le he dado permiso.

El parte médico.
Tras abrir la parte trasera, constatar la dimensión de los daños -todo pegajoso, fuerte olor a café-, consultar algunos manuales de ayuda y pedir socorro en las redes sociales -mil gracias @twitteras-, decidí recurrir a un profesional. Servando se pasó toda la tarde del sábado conmigo desmontado la placa base -por cierto, por dentro los Macs son como los muebles del Ikea, todo de chichinabo- y limpiándola con agua destilada a punto de ebullición. Ahora está secándose, enterrada en un nicho de arroz. La pasta del heatsink probablemente se habrá estropeado, pero dice el experto que es genérica y se puede comprar en cualquier sitio (típicas ofertas del ultramarinos). No sabemos si lo vamos a revivir. Las probabilidades realmente son pocas. La garantía, claro, está caducada.

La amante que nunca te deja.
Y esta de aquí es mi vieja Supratech, superviviente mil batallas, testigo y compañera de vida desde que la compré a plazos en Barcelona allá por el 2003. Sólo acepta sistemas operativos de familia libertaria, no le gusta escuchar música ni ver vídeos, ni tampoco las webs muy diseñadas, el skype le cae particularmente mal y la pantalla emite una luz mortecina que te quema los ojos y hace casi imposible la procastinación. Si abres más de dos aplicaciones al mismo tiempo, se agobia y te la lía parda, y para pasar de una a otra resuena con un murmuro prolongado como diciendo: hhhmmm... me lo tengo que pensar. Es una máquina que no quiere dejar de ser máquina, que no quiere disimular haciéndose pasar por un montón de sinápsis que no tienes. Y además es solidaria con otras máquinas, no totalizadora como las que hacen ahora: desde que he vuelto a ella, escucho radio formulas con el transistor de la cocina y me paso el día tarareando baladitas.

Me voy de vacaciones.
Mañana temprano cojo un avión a Barcelona para dar un curso en la Escuela de Verano de la UB y al día siguiente desaparezco hasta finales de agosto. Cuando vuelva, tendré 35 años.


Como se puede comprobar, este post está anticuadísimo (la revolución, que no da tregua). Lo dejo como está, en versión reliquia. Para updates sobre el #15M, visítame en @ptqk o mi perfil en Facebook. Si estás en Berlin, pásate por Democracia Real Ya Berlin. Y recuerda: no nos mires, únete. Esto no se para ;-)
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