El regalo más mejor de estas navidades me cayó la otra noche de las manos de un buen amigo que sabe lo que me gusta. Es el número 28 de Le Tigre, una "curiosa revista curiosa" publicada en Francia y en francés, como acostumbran allí, ideal para los amantes del buen sarcasmo y el leer en letra pequeña (esa especie en extinción). La he devorado casi entera, sólo me quedan los destacados enanos de la sección Almanaque (deliciosamente ilustrada con dibujos de animales de tiovivo antiguo) y el Enigma (en el que hay resolver un caso real de traición ocurrido en Chicago en 1931 cuando la policía pilla a todo el O'Malley Gang con el culo al aire descargando 80 cajas de whisky en un speakeasy: ¿quién será el soplón?).

Las portadas de Le Tigre son siempre a rayas y en cada número de un color diferente. En el mío son azul klein. En cada número hay también un dossier especial, como en las revistas buenas de antes (en este, sobre los Rrom) y anuncios antiguos hackeados (como los que ilustran este post). En este número hay dos artículos especialmente tronchantes. Uno es sobre la presentación a prensa de un método de depilación láser doméstico ("el ipod de la depilación radical: adiós a los pelos") presentado en un hotel pijo de un barrio pobre en Paris con todo el despliegue de cóctel, powerpoint, vergüenza ajena y azafatas. El otro es el Retrato Google: la biografía de un cualquiera a través de sus rastros en la red (igual lo conoces: el sujeto se llama Franck L***, un arquitecto de Nantes que toca en un grupo de rock, estuvo de vacaciones en la India en 2008, ha trabajado de freelance en Berlin y sus últimas novias se llaman Sandy y Laura).

Izquierda: "La disuasión atómica por fin a su alcance. Muros medianeros, problemas de aparcamiento, olores de barabacoa, niños ruidosos... Preocupaciones que envenenan tantas relaciones vecinales. Equípese usted con los nuevos lanzaderos tácticos individuales Atomlux. Sus vecinos se lo pensarán dos veces antes de molestrale de nuevo". Derecha: "Hemos cambiado. Sí, hemos cambiado. Porque lo esencial para nosotros ya no es desafiar a la muerte a 180km/h en la autopista, con un casco nazi en la cabeza y quince litros de cerveza en el estómago. Ahora acogemos a los niños desde los 14 años, en un ambiente familiar. ¡Únase a nosotros! Los nuevos Hell's Angels".

Pero lo mejor de lo mejor de Le Tigre es que me hace recuperar algo -muy poco, pero algo- de respeto por la France. Ese país con el que mantengo una relación de amor-odio vitalicia, profunda y sincera, que me colonizó la cabeza desde los 4 años y hasta los 25 (y aún soy capaz de cantar la marsellesa si me dan cuerda) y al que todavía intento matar como manda Freud, con todos los rituales que merece un patriarca (sobre todo si te hace cantar la marsellesa). Ahí es donde mi amigo ha hilado fino, harto como está de mis monólogos furiosos de petite métèque desagradecida porque a Sarkozy se lo merecen y a Le Pen también y ojalá gane las próximas presidenciales para que todo el mundo sepa que son una banda de fachas racistas, y que la decadencia de la vieja Europa tiene su capital en esa ciudad maloliente habitada por oficinistas rencorosos, snobs con problemas de eyaculación precoz y las almas de todos los escritores muertos. Claro. Me regala Le Tigre y me calla la boca. Si eres francófono y la ves un día, cómpratela. En la web la puedes hojear y quedarte sin vista o descargar el PDF y quedarte sin vista también (parce que les français, vous savez, c'est pas tous des radins hein!).

“Quien se jactaría de saber lo que es un resto, y de poder diferenciarlo de lo contrario?” Nadie que escriba, por lo menos”. La frase de César Aira es, en primer lugar, un statement de la vocación literaria. Todo texto está construido, en mayor o menor medida, a partir de fragmentos de conversaciones perdidas, recuerdos inútiles, restos del día”.
El párrafo de Eloy Fernández Porta es a su vez un statement de su propio libro, que me ha acompañado el otoño y con razón lleva por título "Homo Sampler". ¿Y de qué trata? Pues eso: de todo, de nada, de mucho, de todo lo despreciable, de la cultura que nos rodea. Hay reseñas, como esta, que tratan de recorrer la obra. Pero por muy buenas que sean, no se puede. Porque lo bueno no está solo en lo que escribe sino la tupida red de conexiones que teje entre un montón de aspectos del estilo de vida de hoy (cine, comic, literatura, consumo, filosofía, televisión...) y el tono con el que lo aborda, de esos que te retan a cada frase al emocionante juego de Atrápame Ese Subtexto. Y es que como dicen por ahí, “al autor parece importarle muy poco la ignorancia del lector habitual que no tiene por qué conocer este sinfín de referencias desordenadas”.


Esta es una viñeta ("Odio" de Peter Bagge, editado por La Cúpula) que ilustra una de las páginas y da respuesta a la asombrosa pregunta con que el listo de Eloy atrapa al consumidor indeciso en la contraportada: "¿Por qué las mujeres con clase tienen novios grunge"?

Efectivamente, son casi 350 páginas y, aunque divertidísimo y super nutritivo, no es ni fácil ni accesible. Pero es la primera vez que leo una obra de crítica cultural contemporánea escrita por un sujeto realmente contemporáneo y no por un espectador. No es Lipovetsky hablando de la moda enfundado en su traje gris. El Eloy (como dicen los catalanes) es hijo de su tiempo y cuando habla del clubbing o de la coca o de los Beatles de Cádiz o de las tiendas de chuches, se nota que estuvo allí. Según pasaba las páginas, primer pensamiento: ¿pero qué edad tiene este tío? Fácil, lo pone en la portada: 35, dos menos que yo ¡más que yo! (con esto de que me estoy haciendo MILF me hago un lio). Segundo (para no caer en admiraciones erradas): ¿será un pedante en la vida real? Me voy al Youtube, me miro algunos videos. Negativo. O sea que además de ilustrado, el tipo es inteligente de verdad. A mí estas tonterías me alegran el día.

Lo que escribe sobre los restos no sólo es aplicable a su propio obra. También a ese Homo Blogger que, como dice, “sembraba el desconcierto entre los estudiosos del Neolítico Inferior” por su postura “encorvada y alfeñique” en una época en la que sin embargo el “fashion bípedo” hacía furor, lo que llevó a los historiadores a asociar sus “prácticas pseudo-artísticas” (realizadas a golpe de plastidecor y bote de pegamento imedio) con la “Era Preescolar Anal”. Lo que decía: que no es para todos los públicos.

[aquí unos escaneos de páginas de "Homo Sampler"]


Qué descubrimiento, con el lío que tengo cada vez que alguien me pregunta a qué me dedico y yo que siempre había querido ser detective, ahora resulta que sí, que uno es lo que desea al final de todo. Jose Antonio Marina en "La conspiración de las lectoras":
Mermelada & White es una peculiar agencia de detectives filosóficos y culturales fundada por José Antonio Marina, que justifica así su iniciativa: «Entre las variadas figuras en que se encarna la racionalidad, en las que se hace real e impura la razón pura, siempre me ha atraído una, sin duda menor, pero que para mí está aureolada de un prestigio aventurero, literario y cinematográfico. Me refiero al detective, que ejerce una racionalidad práctica y emocionante. Detecta enigmas, husmea, busca información, induce, deduce, seduce y, a veces, hasta adivina.» La especialidad de esta agencia son los casos que por moverse en terrenos poco definidos, exigir saberes múltiples, o vivir entre el pasado y el futuro, quedan descuidados por la investigación académica: «Somos una mezcla de cool hunters y de arqueólogos.»
En la imagen, Adèle-Blanc-Sec, mi heroina favorita, una detectiva que resuelve los casos más dadá del Paris de entre guerras, imaginada por el maestro Tardi. Esta viñeta es la única en toda su carrera en la que enseña las tetas (¡atención primicia!). Ahora están preparando una peli sobre ella pero viendo a la actriz que han cogido yo no iré: una guapa al uso sin un pelo del carisma de Adèle. Además, por lo que se adivina del vestuario, parece que le han cambiado también de momento histórico, cuando lo mejor de sus extraordinarias aventuras es justamente la crítica radical a Francia y sus contiendas, ambientada en un Paris anti-romántico en el que vagabundean cientos de mutilados de la primera gran guerra. Qué le vamos a hacer, así es Hollywood. Menos mal que nos queda el papel.

"El arte de inventar escalas". Mi informe para Zemos12

Los Zemos98 han decidido que para la 12ª edición del festival quieren invitarnos a pensar con ellos sobre la programación, el concepto y todo lo demás. El punto de partida es un título: "Microbios, seres vivos diminutos", un texto muy bonito y unas preguntas. Esta es mi contribución que ya está colgada en su página y que recopio aquí (porque sigo buceando entre listas de cosas pendientes que se reproducen como los conejos). En los mismos links podeis leer también las aportaciones de los otros co-cuidadores.
Gracias Zemóstic@s. Como siempre, es un placer :-)




“Microbios de Ptqk incubados durante 12 días al pie de un radiador”. Experimento realizado en la performance de subRosa “Epidemic! Laboratorio de células DIY” en la exposición Soft Power, Vitoria, octubre de 2009.

¿Un puñado de pseudo-críticos culturales hablando de microbiología? El esperpento está garantizado. Los que venimos de eso que se llama las ciencias sociales -que, reconozcámoslo: sólo son ciencias porque se formaron históricamente en una época en la que aparentar racionalidad era una condición innegociable para que un campo de saber fuera tomado mínimamente en serio- estamos más que acostumbrados a que los expertos de las ciencias nos miren mal. Pero también nos acordamos de que en la antigua Grecia no existía la diferencia entre las matemáticas y la filosofía, entre la astronomía y la política y que, puestos a hacer el test del algodón, tienen tanto de blandas unas ciencias como otras. Que la ciencia-ciencia de hoy, tan incuestionable como cualquier dogma, tan poderosa culturalmente como cualquier religión, también es un discurso construido y sampleado, es decir: postproducido.

5000 caracteres son muy pocos para aventurarse en la metáfora pero trataré de escribir con letra microscópica, a ver si me ocupa menos. Pensarnos como microbios es pensarnos en relación. En relación con lo más grande -que llevado a su extremo es lo infinito y roza con lo místico- y lo más pequeño -lo inapreciable y lo invisible, que también. Y en esta relación, como en los mapas, toda anclaje con la realidad está en la escala.

La carrera espacial ya no está de actualidad pero seguramente nunca como hoy hemos tenido tan presente la dimensión planetaria. La velocidad de la transmisión digital ha reemplazado a la velocidad de la luz como encarnación de lo inmediato. A la vez que el yo se ha hecho global el tamaño del mundo ha disminuido. Sólo con alargar la mano al mouse nos trasladamos en el espacio. Nos vemos, trabajamos, compramos y hacemos el amor con personas que se encuentran a cientos de miles de kilómetros de distancia. Nos hemos vuelto gigantes. Pero a la vez, qué ironía, los dispositivos que lo hacen posible cada vez son más diminutos. Todo tiende a la miniaturización: las terminales, la memoria, los datos. Las tecnologías de información se vuelven cada vez más pequeñas y más invisibles. Llevadas a su paroxismo nos entran en el cuerpo y forman parte de nosotros como la más natural de las prótesis, porque como dicen los suplementos dominicales, el biotech es la nueva frontera. Frente a las microscópicas tecnologías de la vida, el mundo de lo pequeño se ensancha. Y nosotros, gigantes en el planeta, nos vemos reducidos a la más mínima expresión de lo vivo: hormonas, moléculas, partículas de ADN, flujos de bio-datos, en definitiva: secuencias de micro-información.


A la izquierda: micrografía de transmisión electrónica que muestra una célula cancerosa de próstata. A la derecha: vistas de satélite de Europa y parte de África con Google Earth.

La tecnología nos ha sorprendido con un espacio-tiempo diverso de aquél con el que inventamos los conceptos de organizar la vida. Y entonces echas la vista atrás y descubres que la filosofía ya se había anticipado, que con eso que se llama micropolítica se puede intentar, con mucha prudencia pero todavía más audacia, crear contenedores de sentido en los que quepan las nuevas formas del mundo. Decían Deleuze y Guattari (a partir de ahora, D&G) que
“cuando la máquina deviene planetaria o cósmica, los agenciamientos tienden cada vez más a miniaturizarse, a devenir microagenciamientos”.
Las feministas -algunas- entendimos aquello como una actualización en clave high-filosófica del viejo Lo Personal Es Político que consiste en aceptar que actuando sólo desde el nivel de lo macro no es posible hacer política, que las relaciones que tejemos a cada instante entre nosotros y con las demás formas de vida son la primera forma de organización colectiva, y que si erramos esa, las erramos todas. Unas ideas que se han naturalizado con ese otro gran lema con el que nos hicimos mayores: Todo Está Conectado. Y que hoy regresan de nuevo travestidas en las muy durísimas ciencias de la complejidad que desvelan cómo la estructura de un copo de nieve está asociada con la de las costas marítimas y que todas las organizaciones vivas -naturales o sociales- tienden al caos y, a partir de éste, a la auto-gestión.

Y siguen D&G:
“La administración de una gran seguridad molar organizada tiene como correlato una microgestión de pequeños miedos, toda una inseguridad molecular permanente, hasta el punto de que la fórmula de los ministerios del interior podría ser: una macropolítica de la sociedad para y por una micropolítica de la inseguridad”.
Entonces, si queremos emanciparnos como los gigantes diminutos que somos, habrá que ir inventando formas de hacer nuestros esos lenguajes de lo pequeño sin los cuáles lo grande se nos escapa siempre. El siglo XX nos ha dejado con las ruinas de algunas inmensas utopías diseñadas desde la tiranía de lo macro, proyectos totalizantes de producción, gestión, muerte y consumo de talla industrial. ¿Igual este es el siglo para actuar desde los pliegues de lo micro, lo invisible, lo cotidiano? Entre una y otra dimensión quizás acabemos encontrando la escala que nos es propia como humanos.

Berlin bleibt Berlin

"Still Day Lives" (1995) de Sally Gutierrez es:

"una vídeo-instalación grabada en los hogares de varias mujeres de Berlín Oriental que habían vivido más de 15 años al lado del Muro, y que continuaron viviendo allí tras su caída. Mientras todo cambia drásticamente en Berlín, tanto en el paisaje urbano como en el ámbito público, la cámara presenta al espectador el paisaje interior de los objetos cotidianos. Los "bodegones" a los que alude el título reflejan un momento histórico en el que los recuerdos de un país desaparecido se mezclan con el deseo de las nuevas posibilidades que brinda Alemania Occidental.
El audio presenta un discurso fragmentado, en el que se yuxtaponen cuestiones personales, históricas y políticas. Las mujeres protagonistas, que en el momento del rodaje tenían entre 65 y 85 años, hablan de sus experiencias y sus recuerdos de la posguerra, de la construcción del Muro de Berlín, y de la vida en Berlín Este."





Y todo mi Berlin aquí.